|
DE APAGÓN EN APAGÓN...
Resumen de Prensa Enervía, martes, 30 septiembre 2003
FUENTE:
Por Enrique Badía en Estrella Digital
No es extraño que la gente se pregunte cómo es posible que todo un país que forma parte del G-7, concretamente Italia, se quede varias horas sin luz. Ocurrió algo parecido cuando, mediado el verano, el apagón se produjo en la costa este de Estados Unidos, o con ocasión de la avería que dejó a oscuras a las Baleares y una parte del área metropolitana de Barcelona. En todos los casos, los técnicos y máximos responsables de las compañías suministradoras han situado el origen en un fallo localizado, a partir del cual se han encadenado otros sucesivos, hasta interrumpir completamente la distribución del fluido a través de la red.
No han faltado, por supuesto, ni las reacciones ni los argumentos complementarios: desde la presunción de que las compañías eléctricas no invierten lo que debieran a la consideración de que la demanda se ha disparado más allá de cualquier previsión, pasando por el proverbial aprovechamiento crítico de los no partidarios de la liberalización, o el no menor oportunismo de quienes apuestan por patrocinar que todo se soluciona recuperando la opción nuclear. Sin entrar a valorar las posturas de unos y de otros, es más que probable que todas encierren una parte de razón, pero lo que no parece tan claro es que exista una única causa predominante ni, por tanto, un camino despejado de solución. Tomando como ejemplo el último fiasco, el apagón italiano, resulta difícil adoptar una postura crítica respecto de la liberalización, dado que no está precisamente liberalizado el sector eléctrico de ese país.
Lo que no admite discusión es la evidencia de que un suministro de energía eléctrica asegurado, fiable y de calidad es ingrediente imprescindible para cualquier sociedad mínimamente desarrollada, tanto para el sistema productivo como para el normal desenvolvimiento de la vida de los ciudadanos. Y, admitido esto, apenas puede objetarse que el sistema se está mostrando bastante más vulnerable de lo normal. Porque lo que se esgrime o señala como causas originarias de los apagones son siempre accidentes fortuitos, pero suficientemente normales, al punto de que se pueden repetir. Tomando otra vez el último de los casos, parece que todo partió de la caída de un árbol sobre un tendido, ni siquiera en territorio italiano, sino en la vecina Suiza, país que suministra junto a Francia lo que anualmente debe importar Italia para cubrir su demanda de electricidad. Resulta ocioso decir que basta que existan bosques y fenómenos meteorológicos adversos para que concurran probabilidades de que un árbol vuelva a caer.
Está claro, en definitiva, que algo falla, pero la complejidad del sistema eléctrico moderno aconseja evitar cualquier juicio apresurado o que recurra a la simplificación. Lo mismo que es lógico intuir que ninguna posible solución será de aplicación inmediata: si, por suponer algo, fuera cuestión de aumentar las inversiones, no habría más remedio que considerar su inevitablemente dilatado proceso de maduración. Nada de eso excusa, sin embargo, la obligación de todos los concernidos a poner todos los medios para evitar que se produzcan apagones y, mientras, explicar muy claramente cómo y por qué todo o parte de un país se ha quedado unas horas sin luz. Están obligados a hacerlo, con las consecuencias que sean pertinentes, desde las compañías productoras y suministradoras a los poderes públicos que mantienen un alto grado de intervención sobre el sector. Y es que, por cautivos que sean los clientes del suministro eléctrico, son y deben ser considerados más clientes que cautivos... ¿o no?
www.estrelladigital.es
|