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El petróleo parece que no se para
Resumen de Prensa Enervía, martes, 30 agosto 2005
FUENTE:
Por Enrique Badía en Estrella Digital
La hipótesis de un barril de petróleo cotizado a 100 dólares sigue siendo sólo uno más de los pronósticos que planean, pero es notorio que se está acercando y el vaticinio de un precio situado en torno a los 70 dólares, que hace pocos meses algunos consideraban catastrofista, ya es realidad. Hasta ahora, pues, están acertando más quienes auguran una continuidad en la escalada de los precios que los que vienen apostando por el retorno a la moderación. Sin duda, el crudo, como todo, tiene un precio de equilibrio, incluidos todos los supuestos de especulación, pero la cuestión es adivinar dónde está.
Se mire como se quiera, el petróleo va camino de doblar su precio de hace apenas dos años, entre otras cosas debido a que la demanda crece por encima de la oferta (y de las reservas incorporadas), pero también como consecuencia de los complejos ingredientes geopolíticos que jalonan su producción. Dos factores –éstos- que sin duda van a persistir, lo que sugiere que existen en teoría más motivos para que los precios sigan subiendo que probabilidades de que vuelvan a los niveles de 2002… sólo que la cuestión es bastante más compleja y no faltan elementos que pueden frenar la progresión; entre otros, el impacto que el encarecimiento vaya a tener en el crecimiento económico y la consecuente reducción de la demanda que acabaría por comportar.
No está precisamente claro cuál es el impacto real de la subida de los precios energéticos en la economía mundial y en las economías nacionales en particular. O si se prefiere, ¿a partir de qué punto –léase precio- se frenará el crecimiento? Llevamos más o menos un año de augurios de crisis, sucesivamente referenciados a los 50, 60, 70… dólares el barril, pero los datos de coyuntura se mantienen más o menos donde estaban: es decir, las cosas van bien donde ya iban y persisten más o menos críticas donde ya evolucionaban mal. No parece, por lo tanto, que la escalada de los precios energéticos esté repercutiendo lo que se preveía, o al menos no todavía con la prevista gravedad. La pregunta que persiste es, pues, ¿a partir de cuándo, de qué precio por barril llegará ese anunciado deterioro?
No es fácil situar la línea entre lo soportable y lo que no. Para empezar, depende de los países, del grado de dependencia de las importaciones, de sus índices de consumo energético por unidad de producto… de su modelo energético, en fin. Es verdad que las economías occidentales mantienen en su mayoría un apreciable grado de dependencia, y por tanto de vulnerabilidad. No lo es menos, sin embargo, que todos tratan desde hace tiempo de reducir esa dependencia; unos menos, otros más. Comenzaron a hacerlo hacia finales de la década de los 70’s del pasado siglo, aunque luego relajaron sus esfuerzos porque los precios del petróleo volvieron a caer. España, en concreto, no puede decirse que haya actuado previsoramente en los veinte últimos años ni que disponga de un modelo energético vigente demasiado esperanzador.
La expectativa creíble de que el petróleo barato ha pasado a la historia está forzando a desempolvar planes, propósitos y proyectos para reducir el peso del petróleo en el abastecimiento energético. El pasado viernes, el Gobierno de Rodríguez Zapatero aprobó un remozado plan de energías renovables (2005-10) con ese objetivo, que muchos han interpretado como una ratificación de la renuncia varias veces explicitada a la opción nuclear. Parece, sin embargo, que el Ministerio de Industria sigue decidido a abrir un debate sobre el tema –este mismo otoño-, seguramente consciente de que no abundan las vías realistas para diseñar un modelo energético que no sólo no comprometa el crecimiento, sino que permita seguir reduciendo la distancia con los países centrales de la Unión Europea (UE)
Mientras, poniendo la vista en el medio plazo, es indudable que se ha vuelto a poner en marcha el abultado proceso de transferencia de rentas desde los consumidores a los productores de crudo y está por ver si acabará o no desencadenando una espiral más o menos parecida a la que surgió de las dos anteriores convulsiones energéticas (1973 y 1979), que ya sabemos adónde condujo y cómo terminó para los unos, para los otros y para todos en general. También será interesante constatar si esta vez las economías occidentales son capaces de perseverar en el esfuerzo de reducir de verdad su dependencia del petróleo, aun en el caso de que los precios se frenaran o incluso volvieran a bajar.
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