POR QUIÉN SUBEN LAS TARIFAS
ARTÍCULO
CINCO DÍAS
30 Agosto de 2002
POR
ALEJANDRO INURRIETA
Es bien sabido que un marco claro y estable en las tarifas de servicios
básicos, como electricidad, telefonía o carburantes, es esencial para
las decisiones de consumo e inversión por parte de los agentes.
Alejandro Inurrieta sostiene que el papel de los reguladores para los
sectores de servicios básicos, como electricidad o telefonía, debe repensarse
en la UE. El autor propone crear supervisores de carácter supranacional.
En las últimas semanas se ha observado un cambio drástico en la política
de tarifas que el Gobierno piensa aplicar a partir de ahora, y hasta
2010, en el sector eléctrico, manteniendo por tanto el control de la
tarifa, incluso después de su plena liberalización. Este cambio supone
que los consumidores van a ver incrementada su factura eléctrica al
menos un 2% durante los próximos años. Eso sí, queda el consuelo de
que en términos reales seremos más ricos, pareciendo un logro el incumplimiento
sistemático de los objetivos de inflación oficiales.
Esta medida, además, condiciona a los próximos Gobiernos, que podrían
derogarla o mantenerla, creando una cierta inseguridad a los agentes,
pues no deja de ser un arma electoral el juego con las tarifas de este
tipo de servicios.
A esto hay que añadir el debate abierto sobre la supresión de los precios
máximos en el sector de telefonía, con la intención clara de poder elevar
las tarifas, y por último, todavía colea en alguna fiscalía la presunta
colusión en precios de las compañías petroleras que, curiosamente, tras
la eliminación de los precios máximos, han podido trasladar a los consumidores,
como manda la ortodoxia microeconómica, los cambios operados en los
costes.
Estas prácticas empresariales y el papel del regulador, que en algunos
casos ejerce de juez y parte, lleva a una reflexión, cuál ha sido el
efecto sobre el consumidor del paso de los otrora denostados monopolios
públicos, a este sistema híbrido de sectores cuasi liberalizados, sin
competencia y con control de tarifas por parte del sector público.
La realidad es que en muchos casos la calidad del servicio ha empeorado,
apagones eléctricos, falta de cobertura en telefonía, mala calidad en
la conexión, lentitud en el acceso a Internet, etcétera. Por sobre todo,
unas tarifas que, en el caso de la telefonía, distan mucho de ser lo
suficientemente competitivas como para justificar la mala calidad del
servicio.
¿Qué ha hecho el regulador ante esta nueva situación? Las continuas
quejas de usuarios o las multas que la CMT (Comisión del Mercado de
las Telecomunicaciones) ha impuesto a la principal operadora, en muchos
casos por prácticas restrictivas a la competencia, demuestran la resistencia
a la implantación de un mercado competitivo, fruto del historial del
sector.
Pero la actitud del ejecutivo no se aleja mucho de la nostalgia, a pesar
de la realidad que nos dice que las empresas de estos sectores son plenamente
privadas y su marco de actuación se enmarca dentro de mercados aparentemente
liberalizados, si no en su totalidad, encaminándose hacia ello.
También se demuestra ahora esta lucha por evitar la plena competencia
en el interés por la concentración del sector de las telecomunicaciones,
en aras de mejorar la eficiencia del mismo. Esta transición, desde el
monopolio a la multitud de empresas para acabar en el duopolio, no es
nueva ni en el tiempo ni en el espacio. Ejemplos tenemos varios, como
la aviación comercial en EE UU en los años ochenta, que ahora ha llegado
a España y a Europa en general, o la propia estructura de las telecomunicaciones
en EE UU, que tras la atomización, la lógica del mercado ha llevado
de nuevo a niveles de concentración elevadas.
Esta transición demuestra que este tipo de servicios son especiales
y que no es posible aplicar la teoría de competencia perfecta con multitud
de empresas y ausencia total de poder de mercado. La existencia de barreras
a la entrada, con costes hundidos o no recuperables muy elevados, hace
muy complicada la entrada de nuevos operadores y por tanto al final
el bienestar del consumidor se resiente, por mayores precios y menos
calidad.
Por ello, el papel del regulador y del ejecutivo debe repensarse. En
primer lugar, y en el marco de la UE, debería constituirse un regulador
supranacional. No es de recibo que unos países abran su mercado a la
competencia y otros no, cuando en el caso francés y español será muy
beneficioso en el campo eléctrico, lo que demuestra que se sigue protegiendo
a empresas y sectores nacionales, ejemplo de miopía económica.
En segundo lugar, el control de una parcela no desdeñable del IPC no
cuadra con una economía plenamente liberalizada. Sólo se entendería
para poder ganar algún rédito electoral o para satisfacer intereses
empresariales encubiertos.
En consecuencia, la estructura de un mercado duopolístico (sólo dos
empresas) con potestad de fijación de tarifas públicas y escaso control
de la calidad de los servicios, no parece ser lo mejor para el bienestar
del consumidor, pero tampoco para una actuación responsable y eficiente
de las empresas.
Tal vez habría que pensar en un marco en el que, dados los costes ingentes
para proveer estos servicios, el Estado debería acometer las inversiones
en la infraestructura del servicio (redes telefónicas, ferroviarias
o tendido eléctrico) y su mantenimiento, y dejar la comercialización
y distribución al sector privado que podría ejercer su actividad en
un régimen de competencia perfecta, en igualdad de oportunidades.
Con ello, el servicio ganaría en calidad, se supone, y las tarifas no
estarían reguladas, pudiendo las empresas acometer inversiones con plena
libertad. Los consumidores podrían cambiar de operadora sin trabas y
sabiendo a quién reclamar en caso de la mala calidad del servicio.
Tal vez esto sea imposible o muy costoso, pero probablemente más eficiente
que el marco actual. En cualquier caso, el consumidor sigue pagando
las deficiencias de un regulador ineficiente y de unas empresas poco
responsables, aunque queda el consuelo de ser algo más ricos en términos
reales.
Cinco
Días