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Luz de gas
Resumen de Prensa InterMoney Energía, lunes, 30 enero 2006
FUENTE:
Por Josep Borrell en Estrella Digital
La dependencia energética es uno de los grandes telones de Aquiles de Europa. En Bruselas se reúnen todos los Parlamentos nacionales para estudiar la eficiencia energética. Con el telón de fondo del cambio climático, la crisis del gas ruso–ucraniano y la tensión sobre el precio del petróleo provocada por la nuclearización de Irán.
En el debate se analiza el uso del gas ruso como arma geopolítica. Un problema que ha pasado bastante inadvertido en España, pero que merece algunas consideraciones adicionales a las que ya hice en estas páginas cuando la crisis estaba todavía caliente. En realidad, estas crisis no son nuevas. Han estado latentes desde la desmembración de la URSS, con picos de alta tensión a mediados de los 90. La actual no obedece a un cambio de factores políticos en Moscú. Rusia ha utilizado desde siempre su poder energético para influenciar a sus vecinos.
Lo primero que hay que tener presente en el conflicto desatado con Ucrania es que, tratándose de gas, los factores técnicos son fundamentales. Rusia acusaba a Ucrania de quedarse con parte del gas europeo, porque el gas para unos y otros fluye a través de los mismos gaseoductos y desviar cantidades es relativamente sencillo.
Además la medición exacta de las cantidades no es siempre técnicamente posible, lo que produce errores de medida que alimentan la polémica. Una mejora en los instrumentos de medición y en la tecnología de los gaseoductos sería de gran utilidad para evitar que el problema se reproduzca.
Otro aspecto que se tiende a olvidar es que Ucrania es una de las economías más energéticamente ineficientes del mundo. Necesita entre 3 y 5 veces más energía que la UE para generar la misma riqueza. Para una ratio “paridad de poder de compra”/PIB, el consumo energético de Ucrania es de 0,53 ton/1.000$, mientras que para la UE-15 es de 0,17 ton.
Tampoco Ucrania ha hecho hasta el momento mucho caso a los esfuerzos promovidos por instituciones internacionales como el BERD o el Banco Mundial para elevar sus estándares de eficiencia energética.
Por ello, es muy necesario mejorar la eficiencia en el consumo ucraniano de energía, en los edificios (rehabilitación de los sistemas de la calefacción urbana) y en su sector industrial pesado (acero y centrales eléctricas). Se trata de actuaciones con un potencial económico y energético enorme, que se podrían cofinanciar por los mecanismos previstos en el Protocolo de Kioto.
Tampoco cabe ignorar otro punto crucial: la rampante corrupción existente en el negocio del gas, en el que los flujos de dinero son enormes.
No es ningún secreto que alrededor de los negocios del gas existen problemas de corrupción, tanto en Rusia como en Ucrania, que parecen afectar a los distintos niveles del poder. Como indicador, el último índice internacional de transparencia sitúa a Ucrania en el puesto 107 sobre 158 (con una puntuación de 2,6 sobre 10).
Así que no debe olvidarse que la crisis del gas no se juega sobre un terreno de juego inmaculado y que se hace con mercados y contratos no completamente transparentes. Por ello, en el futuro, la UE debería exigir la lucha efectiva contra la corrupción a la hora de distribuir sus proyectos y ayudas.
Hoy, con la perspectiva de algunos días, podemos ya decir que la respuesta de las instituciones de la UE ha sido rápida y hábil (incluyendo la creación de una posición común y la toma de una posición neutral como mediador en la crisis). Esta respuesta ha sido decisiva o cuanto menos ventajosa, para ejercer la necesaria presión política y económica sobre ambas partes. Pese a su rápida reacción, la UE no ha sabido comunicar adecuadamente su intervención en la solución de la crisis.
Pero si hay algo que la crisis ha puesto de manifiesto es la necesidad de avanzar hacia una política energética europea. Hoy, todo el mundo hable de ello. En Salzburgo, en un debate sobre el futuro de Europa convocado por la Presidencia austriaca, la política energética común parecía la tabla de salvación de todos los argumentos europeístas.
La crisis ha revelado que las debilidades en materia gasística de la UE se deben, en buena parte, a la falta de interconexión entre los países europeos. La red sigue basada en estructuras nacionales o bilaterales, a pesar del cambio en la estructura de los aprovisionamientos y el aumento del consumo.
En el futuro habrá que tomar más en consideración la política de transporte, completamente indisociable del tema energético y auténtico punto débil de la política energética de la UE.
Otra de las debilidades reveladas por la crisis es la falta de stocks estratégicos como existen en el petróleo. El Estado que se vio más afectado por el conflicto del gas fue Hungría, debido a su falta de reservas de gas. La UE debe establecer obligaciones de servicio público y sistemas compartidos de reserva de gas. Uno de los elementos que en España han pasado más inadvertidos es la desconfianza y el miedo creados por esta crisis en los nuevos Estados miembros. En mitad de un rigurosísimo invierno, la crisis ha despertado los viejos temores del expansionismo de Moscú, aunque es cierto también que los medios de comunicación tampoco han ayudado demasiado.
Pero la UE no sólo debería mejorar su comunicación hacia los ciudadanos de estos países, sino que también podría tomar medidas como la mejora en las infraestructuras de estos países: nueva terminal de gas licuado en Gdansk (Polonia), mejora en el almacenaje de uno de los mayores depósitos de gas del mundo, situado en Letonia, etc.
Una última reflexión alrededor de la crisis del gas. El mayor consumidor de gas es el sector doméstico (calefacción de casas). La combinación de medidas dirigidas a mejorar la eficiencia (mejora aislamiento de edificios) y la introducción de productos como el gas de biomasa (realizado a partir de los desechos de ciertas industrias como la agroalimentaria o forestal) ayudaría sin duda a ser menos dependientes del gas ruso, por ejemplo en países como Polonia.
Pero no será fácil buscar alternativas al gas en general y del ruso en particular. El gas es el 25% de la energía europea frente, por ejemplo, al 14% que representa la nuclear.
El consuelo es que si nosotros lo necesitamos, ellos también nos necesitan a nosotros. Europa le compra a Rusia el 80% de sus exportaciones. No encontrara otro cliente y necesita vender. Y ser considerado como un suministrador fiable. Por eso no nos hicieron luz de gas. Pero, para que no nos la hagan la próxima, vez más vale que empecemos seriamente a preocuparnos por nuestra dependencia energética.
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