El sector eléctrico: teoría de la razón veraz ( III)

Resumen de Prensa            Enervía, jueves, 29 septiembre 2005

FUENTE: Por Gaspar Ariño en Expansión


El título de este nuevo artículo sobre el sector eléctrico no es kantiano (razón pura, razón práctica) ni tampoco orteguiano (razón histórica, razón vital) sino más bien tomista (por aquello de la ordinatio rationis ad bonum commune que es como Tomás de Aquino definía la ley). Pero, sobre todo, ha sido el mejor título que he encontrado para expresar en dos palabras -razón veraz-lo que en este artículo quiero decir.

A lo largo de las últimas semanas hemos escuchado -y seguiremos oyendo en las próximas- toda clase de argumentos y explicaciones sobre la bondad/maldad de la operación de fusión Gas Natural-Endesa, a la que, si ésta sale bien, puede seguir pronto alguna otra. La cuestión que hay que plantearse para enjuiciar una y otra es sencilla y podría formularse así: ¿adónde queremos ir?; ¿cuál es el modelo de sector eléctrico en el que creemos y al que queremos llegar?; ¿qué modelo empresarial y de mercado, qué modelo de regulación, qué modelo de explotación? Si no sabemos esto, resulta muy difícil juzgar, racionalmente estas operaciones de concentración. Yo fui, hace veinte años, uno de los promotores de la liberalización del sector eléctrico en España, algo que finalmente llegó con la vigente Ley de 1997. Los resultados de la reforma después de casi ocho años no son brillantes, pero sí esperanzadores. Hoy tenemos empresas más eficientes y un mejor servicio a un precio más barato, aunque ello no ha sido fruto de la competencia, sino imposición de la autoridad. Se trata ahora de ver si ,es posible obtener esos mismos resultados respetando las reglas y principios que aprobamos en la ley y que decimos defender. Pero no es ésta una tarea fácil. Frente al éxito espectacular de la liberalización y el logro de una competencia efectiva en telecomunicaciones o en el transporte aéreo, la construcción de un mercado eléctrico realmente competitivo se ha demostrado mucho más difícil; los logros son escasos, tanto en España como en otros lugares donde ha sido un completo fracaso. El ejemplo ha sido siempre Gran Bretaña, que fue quien inició el camino; pero también allí las correcciones del modelo inicial han tenido que ser continuas, y tanto el regulador como las autoridades de defensa de la competencia han tenido que desarrollar una acción constante en defensa del mercado y de una competencia que fuera efectiva. El Reino Unido ha multiplicado el número de operadores, ha regulado coactivamente las transacciones cuando lo ha considerado necesario, ha abierto sus puertas a la inversión extranjera y ha renunciado a una política de 'campeones nacionales'. Todo lo contrario de lo que han hecho hasta ahora Francia, Italia, Alemania, Portugal, Grecia o Bélgica (también, a su modo, Holanda) -es decir, en casi toda Europa-, que han blindado sus empresas, han cerrado sus redes y sus mercados, permitiendo sólo simbólicas presencias de otros operadores. En estos últimos países, la liberalización es una gran mentira; las directivas comunitarias han sido en ellos una carrera de obstáculos: las retrasaron cuanto pudieron y, luego, las burlan cada día. Hay gobiernos que ni siquiera lo disimulan:
mantienen los monopolios/duopolios en manos de empresas nacionales, casi siempre de propiedad pública. que obviamente no pueden ser opadas.

Gran contradicción
¿Y dónde estamos nosotros? Pues nosotros estamos en medio de una gran contradicción. Aprobamos en su día una ley en la que se consagraban formalmente una serie de libertades (libertad de entrada. de acceso al mercado, de inversión, de ofertar libremente cantidades y precios cada día en el mercado al por mayor, libertad de comercialización). Pero, luego, todas estas libertades no han tenido realidad. El Gobierno ha seguido fijando a la baja las tarifas, de las que todo depende. Los operadores de régimen general-dejo a un lado el régimen especial, subvencionado- son los mismos de hace ocho años, con algunos cambios en la titularidad de las empresas (Hidrocantábrico, Viesgo). El único nuevo entrante, todavía incipiente, ha sido Gas Natural. Las comercializadoras no vinculadas a empresas generadoras tienen una cuota de mercado ridícula y a todas les resulta imposible competir contra una tarifa artificialmente baja. El mercado está dominado por dos grandes (Endesa e Iberdrola) y no hay en él competencia efectiva, aunque en los últimos meses se haya producido una creciente rivalidad entre ambos. En una palabra, el mercado eléctrico en España es una ficción: la etiqueta no se corresponde con la mercancía. Así lo ha denunciado el Libro Blanco, que ha hecho un diagnóstico veraz de la situación española (vid. el capítulo 2, epígrafe 1, del mismo). Por ello, plantea la conveniencia de autentificar el modelo legal, de hacerlo realidad si es que se quiere mantener, mediante una serie de medidas que afectan al mercado de generación, al transporte y a la gestión del sistema en el futuro.
Ahora bien, esto exige una previa decisión de política económica, industrial y regulatoria que el Gobierno, visto lo visto, tendría que plantearse. Aquí es donde hay que apelar a la razón veraz. ¿Queremos realmente, porque creemos en él, ese modelo maximalista de competencia hasta ahora predicado, o no creemos en él ni creemos que ello sea lo mejor para España en el momento actual?. Éste es un tema -repito- que Gobierno y empresas tendrán que replantearse a la hora de decidir las operaciones de concentración anunciadas. No se pueden seguir esgrimiendo argumentos y razones que conducen en una dirección y luego avanzan en la dirección contraria. Si se entiende que la competencia no es fácil en el sector eléctrico y que ésta nunca será lo que es en los mercados de productos -no se pueden pedir peras al olmo-, entonces se debe renunciar a escenarios que sólo muy pocos países en el mundo se pueden permitir, por su educación, su desarrollo tecnológico, sus recursos naturales o su cultura política.

¿Y qué decir del marco regulatorio europeo? Éste tiene unas aspiraciones desmedidas a la construcción de un mercado único de la electricidad que por ahora son sólo un buen deseo. Se da en él la misma contradicción: se predica, por un lado, la competencia y el mercado, pero se practica una política de 'campeones nacionales' y de monopolios/oligopolios descarados con empresas estatales como EDF, ENEL, ENI o EDP. Competir con ellas es un engaño. Ahora bien, si se piensa que todo ello es así y va a seguir siéndolo; si se prefiere también para España un mercado eléctrico de pocos y grandes operadores, poco competitivo (aunque algo) pero industrialmente fuertes, con capacidad de expansión internacional, entonces no podemos seguir entonando cantos a la liberalización, pidiendo que el Estado renuncie a sus poderes de intervención y que el precio de la energía lo fije el mercado; porque éste, sencillamente, no es de fiar. Habrá que aceptar entonces un mercado regulado, en sus ofertas, en sus precios y en su gestión. Esto es lo que entiendo por razón veraz.



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