Y se (des)hizo la luz

Resumen de Prensa            Enervía, martes, 27 julio 2004

FUENTE: ABC - Por José Manuel NIEVES


La escena se repite cada verano con machacona precisión. Cuando más aprieta el calor, cuando más falta hace que el milagro de la electricidad apuntale ese estilo de vida que nos permite pasar frío a 40 grados o convertir el agua en hielo mientras que «fuera» se derriten las piedras, justo en ese momento, cuando las noches se adornan de luces y las tertulias se prolongan hasta la madrugada, el azar decide mostrarnos nuestra fragilidad eligiendo a un puñado (más de un millón esta vez) de españolitos y privándoles, de un solo zarpazo, de todas las comodidades imaginables, incluidas las necesarias para sobrevivir. Así, de repente, lo que hasta hace un minuto era importante deja de serlo y aquello a lo que apenas dedicábamos un atisbo de pensamiento pasa a convertirse en algo vital. Un vaso de agua fría, ese ascensor que nos deja, a pie, a los pies de un gigante de treinta pisos, esas calles oscuras que no sobreviven al anochecer, esos comercios y bares que se convierten en pudrideros ardientes, esos centros hospitalarios que se vuelven inhóspitos hasta la misma muerte, esos teléfonos que ya no comunican con nadie o esas filas inacabables de cadáveres informáticos que ya no pueden controlar el tráfico, los aeropuertos, las transacciones bancarias, los servicios de urgencias...

Como cada año, los apagones acuden a su cita. Cortes, más que de suministro, de ritmo vital, paréntesis que, de prolongarse, darían al traste con la manera de funcionar de nuestra sociedad. Avisos de lo que podría ser una catástrofe de proporciones bíblicas, dejándonos igual que estábamos justo antes de que se hiciera la luz.



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