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El crudo por las nubes
Resumen de Prensa Enervía, lunes, 27 junio 2005
FUENTE:
Editorial ABC
Se habla mucho en economía de ruidos blancos, las perturbaciones que impiden ver las regularidades estadísticas y establecer correlaciones entre series de datos. La evolución del precio del petróleo y la cotización del euro amenazan con convertirse en un ruido espeso, tan espeso que puede acabar afectando significativamente al crecimiento de la economía española.
Las previsiones oficiales siguen siendo muy optimistas. Pero lo cierto es que si las empresas trasladasen a los precios los últimos incrementos de costes, la gasolina súper costaría ya más de un euro por litro, lo que haría feliz a Hacienda, pero no a los conductores españoles. El precio del petróleo brent está estabilizándose peligrosamente en torno a los sesenta dólares por barril, cuando hace unos meses el vicepresidente económico consideraba un exceso pensar en los cincuenta dólares y el presidente del Gobierno calificaba de apóstoles de la catástrofe a los que dudaban de su escenario, antropológicamente optimista. La divisa europea, cuya fortaleza amortiguó el año pasado el impacto del encarecimiento del crudo en la economía española, este año lo amplifica. El petróleo ha subido casi un 45 por ciento en dólares en 2005, y un 61 por ciento en euros. Es ingenuo, casi irresponsable, pensar que esta subida no va a tener impacto en la economía española, una economía que además tiene una intensidad energética y una dependencia de los hidrocarburos de las más elevadas de Europa; dependencia que aumenta con la sequía y el parón nuclear. Con las estimaciones suministradas por el propio Ministerio de Economía en la discusión presupuestaria del pasado otoño, recogiendo el trabajo del FMI, es fácil calcular que, de mantenerse los precios actuales de petróleo y euro, el crecimiento español difícilmente sobrepasaría el 2,5 por ciento y la inflación superaría el 3,5. Siempre que el BCE no decidiese bajar los tipos de interés, con lo que alteraría la composición a corto plazo entre crecimiento e inflación.
Los datos son preocupantes. Por eso sorprenden tanto la pasividad y complacencia gubernamental. No hay nada en el escenario internacional que invite a ser optimista sobre la evolución futura del precio del petróleo. Ni la economía China da síntomas de moderar su demanda, ni se solucionan las dificultades de refino, ni aparecen nuevas reservas estratégicas que se puedan poner en el mercado a medio plazo, ni aumenta la capacidad de producción adicional inmediata de la OPEP, que sigue limitada al millón de barriles diarios de Arabia Saudita, ni mejora la situación geopolítica internacional; el resultado de las elecciones iraníes no contribuye, desde luego, a tranquilizar al mercado del crudo.
España corre el peligro de verse precipitada a una situación de menor crecimiento con más inflación y todavía más déficit comercial, una espiral de la que es muy difícil salir sin traumas y que, por lo tanto, conviene evitar. Las recetas de política económica son conocidas desde que el mundo vivió las dos crisis del petróleo de los años setenta, y se resumen en que hay que dejar actuar al sistema de precios y utilizar la política fiscal y de rentas para contener la inflación, mientras la expansión monetaria suaviza algo el ajuste. Lamentablemente, los márgenes de maniobra con los que España, y toda Europa, se enfrentan a la situación son escasos. Pero no inexistentes. La crisis de los setenta se vivió en España tarde, pero con especial intensidad porque en los momentos de la Transición la política primaba lógicamente sobre la economía. Da la impresión de que el Gobierno piensa que ahora también está justificado jugar al avestruz y posponer los ajustes; y que la Segunda Transición es un proyecto histórico. No es ésa la opinión ni la experiencia de la sociedad española.
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