VUELVE LA ENERGÍA NUCLEAR
OPINIÓN
GACETA DE LOS NEGOCIOS
27 Febrero de 2002
Durante los últimos tiempos, la sensación de que la oferta energética de España
es insuficiente ha cobrado un extraordinario auge. Con independencia de los
crónicos apagones, las quejas permanentes de las eléctricas, la situación
del gas y un sinfín de problemas existe un hecho indudable: España no va a
tener capacidad para abastecer su demanda energética en el horizonte del medio
y del largo plazo. El potencial aumento de la generación en cualquiera de
sus fuentes (hidráulica, termoeléctrica o ciclo combinado) no será suficiente
para cubrir las necesidades del país. De hecho, el Libro Verde de la Comisión
Europea estima que la dependencia energética de España se situará en el 74%
en unos pocos años. Esto plantea no sólo un grave problema económico, sino
estratégico
De entrada, el bienestar económico del país no puede depender de la buena
voluntad y/o de la racionalidad de los exportadores de crudo y de gas. Si,
además, estos productores se concentran en regiones con elevados niveles de
riesgo político (Oriente Medio, Cáucaso, Asia Central), la posibilidad de
que se produzcan choques de oferta negativos sobre la economía española son
muy altos. La experiencia de los años 70 resulta ilustrativa. Desde esta óptica
es irracional y suicida poner la prosperidad del país en manos de potencias
externas cuya evolución es imprevisible. Así pues, la búsqueda de una fuente
de energía endógena es de una vital importancia y, guste o no, la única opción
disponible es la nuclear, cuya corrección política es muy precaria.
Lo nuclear ha sido objeto de una sistemática campaña de demagogia y desinformación
en las sociedades desarrolladas. En Europa, con la excepción de Francia, los
verdes y la izquierda han creado un clima de opinión desfavorable hacia una
fuente de energía mucho más limpia, ecológica y segura que sus potenciales
alternativas. En limpieza y seguridad, la hidráulica es equiparable, pero
no lo es en su impacto sobre el medio ambiente. Si se cree en la hipótesis
de que el CO2 es la principal causa del supuesto efecto invernadero, el poder
nuclear produce emisiones de ese gas cercanas a cero. En este marco, los ecologistas
deberían ser ardientes partidarios de ese tipo de energía en vez de ejercer
como uno de sus máximos detractores. Por desgracia, los prejuicios ideológicos
y los mitos se imponen con frecuencia a la racionalidad.
En el miedo a lo nuclear existe también un fuerte componente irracional. La
capacidad de destrucción del átomo en el campo militar se ha trasvasado de
una manera simplista y falsa a la energía atómica para usos pacíficos. Sin
embargo, este enfoque es erróneo. El accidente de Chernobyl no se debió a
la peligrosa naturaleza de lo nuclear, sino a la ausencia de las mínimas garantías
de seguridad en las centrales soviéticas. Esta situación puede reproducirse
en las norcoreanas, construidas con los mismos parámetros que las de la antigua
URSS. La situación es diferente en el mundo occidental. El incidente registrado
en Three Mile Island destruyó el reactor, pero el núcleo del mismo no sufrió
perjuicio alguno y ninguna persona se vio dañada. A finales de 2000, había
9.012 centrales nucleares en el mundo y el accidente de Chernobyl es el único
que causó víctimas.
Existen en Europa 150 reactores operativos que producen el 35% de la energía
eléctrica consumida en el continente y que emplean a unas 400.000 personas.
La sustitución de estas centrales por otras alternativas supondría un coste
económico y ecológico brutal. Un ejemplo ilustra esta afirmación. Su desplazamiento
en Alemania por la energía solar costaría unos 92.000 millones de dólares
y su sustitución por la eólica forzaría a cubrir un área equivalente a 10
kilómetros de ancho por 3.200 de largo. Ejemplos como éste muestran la inexistencia
de alternativas económicamente viables y medioambientalmente presentables.
Por tanto, las energías renovables pueden ser un complemento, pero no un sustituto
de la nuclear.
España necesita un suministro de energía a precios estables y garantizado
en el largo plazo. Estas dos exigencias estratégicas proporcionan una ventaja
competitiva para la energía nuclear. A diferencia de otras fuentes de producción,
no se ve afectada por las potenciales fluctuaciones a las que se enfrentan
el gas y/o el petróleo. El uranio sólo representa un 5% de los costes totales
de producción por kilovatio/hora. Por el contrario, el precio del gas representa
dos tercios de los costes de las plantas de ciclo combinado. En consecuencia,
las centrales nucleares garantizan una oferta de energía barata, estable y
segura. Ahora bien, la construcción de plantas nucleares requiere largos períodos
e importantes inversiones. Ninguna de esas dos cosas es posible sin un entorno
legal seguro y estable. Ésta es una decisión de los políticos.
El debate sobre la energía nuclear ha de volver a ser planteado en España,
como lo está siendo en la UE. En un continente y en un país sin fuentes endógenas
de energía, la nuclear es la opción más razonable y la única que puede garantizarnos
un futuro estable y seguro
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