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Energía racional
Resumen de Prensa Enervía, viernes, 26 agosto 2005
FUENTE: Por Eduardo Aguilar en Expansión
La vuelta del verano tiene planteados muchos retos importantes para la sociedad española, entre ellos, en una posición destacada por sus implicaciones estratégicas y económicas, el gran debate sobre nuestro modelo energético. Posiblemente, uno de los debates de más contenido económico y estratégico con el que se enfrenta la economía española, a la vuelta de este verano, sea el de nuestro futuro energético. Se trata de un debate inevitable. Lo es, porque la mayor parte de los parámetros sobre los que se asienta nuestro esquema actual han cambiado de manera tan radical, que no enfrentarse y recapacitar, con urgencia, sobre el modelo que nos es más conveniente sería una temeridad. Como vamos observando, algunos países en los que este reto parece plantearse con menos rotundidad, ya han iniciado una reflexión sobre el mismo. En efecto, la escalada de los precios del petróleo, de difícil marcha atrás, cuestiona severamente, desde una perspectiva económica, cualquier política que no se plantee utilizar otras fuentes energéticas cada vez más competitivas. Y, el compromiso medioambiental que vamos aceptando paulatinamente, obliga asimismo a una planificación cuidadosa y seria que, inevitablemente, lleva asociados costes importantes, no solamente para las empresas del sector sino para todos los ciudadanos y para la sociedad en su conjunto. Por último, en la medida en la que todas estas decisiones pesan cada vez más en nuestra economía, infinitamente más abierta y más sensible que antaño a los movimientos competitivos internacionales, se hace más urgente proveer soluciones a estos temas y más importante acertar con ellas. Sucede con el debate sobre los temas energéticos lo mismo que con otras grandes cuestiones que tiene planteada la sociedad española (de hecho con casi todos los problemas sociales ocurre lo mismo), en concreto, que las soluciones solamente son posibles por medio de una medida combinación de corazón y cabeza. Es muy sencillo gritar a los cuatro vientos que estamos destruyendo el planeta y quemando literalmente nuestra capa de ozono y mucho más complejo aportar soluciones eficientes y posibles para mejorar la vida de todos. Es más posible, hasta la fecha, encauzar los intereses económicos hacia política y desarrollos sensibles y respetuosos con el medio ambiente que intentar construir ambiciosos paradigmas y proclamar principios universales sin una base firme y real. Pero, para eso, es importante respetar algunas reglas básicas. Entre ellas las más importantes serían las siguientes:
En primer término, las nuevas directrices deben implicar a todos, trasladar el coste de las decisiones a todos (es decir, pesar sobre todos) y, consecuentemente, debatirse entre todos. La renovada Comisión Nacional de la Energía tiene, en tal sentido, una capacidad de liderazgo, iniciativa y convocatoria como ningún otro órgano técnico e institucional. El debate sobre el nuevo modelo energético no puede plantearse exclusivamente a iniciativa del Gobierno, ni puede tener como fin hacer recaer en las grandes corporaciones los costes del ajuste. Ambos errores deben ser fáciles de esquivar.
En segundo término, el debate no se puede plantear como si no existiera nada establecido, como si no partiéramos de una realidad construida a lo largo de muchos decenios, en la que se superponen decisiones históricas con intereses económicos concretos, de todo tipo. El cuidado exquisito con el que se aborde esta cuestión es garantía de pervivencia de las nuevas iniciativas.
En tercer lugar, la reforma debe contar con una doble restricción: la que impone un mínimo exigente de cuidado medioambiental (que en el caso de España es mucho más importante, aunque, a veces, no lo parezca, que en otros países), unido a la necesidad imperiosa de mantener nuestras ventajas competitivas. Una reforma que no se atenga a ambos extremos resultara inviable, o bien a corto plazo por ser económicamente inaceptable, o a largo plazo por ocasionar serios e irreversibles daños en nuestro entorno. La combinación de ambos aspectos es esencial y la dosis en la que ambos juegan un equilibrio que requiere de más cabeza que de corazón.
Debate Son incompatibles con estos principios generales muchas de las manifestaciones y declaraciones que se oyen, tantas veces, por todos los medios, como si fueran de aceptación general y no requiriesen debate alguno. Por ejemplo: negarse en rotundo a debatir la renovación de nuestro parque de centrales nucleares, pretender evitar trasladar a precios los efectos del encarecimiento del petróleo, subvencionar su uso para determinados colectivos (me refiero a colectivos, ya que en un bien caro y escaso su consumo se orientara sólo por la acción del mercado), aceptar una prima, totalmente al margen del mercado, para determinadas energías renovables, impedir el traslado a tarifa de los mayores costes de producción energética, la discriminación por precios, usos y consumos, la imposición de modelos de planificación energética sin la participación del sector dificultar el traslado al ciudadano y a la sociedad de los costes energéticos mayores por preservar el medio ambiente, etc.
Por todo ello es por lo que estamos ante una fase en la que se requiere energía racional. Porque muchas de las medidas que nos veremos abocados a adoptar requerirán, más allá de grandes principios salidos del corazón (necesario impulso a su aplicación, que duda cabe), de una sensatez, frialdad y aceptación tranquila Y costosa. Al menos a eso debería ayudarnos el ocaso de los calores veraniegos.
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