LIBERALIZACIÓN Y BATALLA ENERGÉTICA
EDITORIAL EXPANSIÓN
26 Febrero de 2002




El espectáculo ofrecido en las últimas semanas por los representantes de las compañías energéticas españolas no ha sido muy alentador. Ejecutivos de las eléctricas y del principal grupo gasista se han enfrentado en una discusión pública sobre las diferencias regulatorias entre ambos sectores y los supuestos privilegios de que disfrutan. La disputa no es nueva; se repite desde 1996, cuando el Gobierno empezó a liberalizar la energía.

Pero ahora cobra especial relevancia, en un momento en el que España requiere unas inversiones de miles de millones de euros para asegurar el suministro energético a la población. Con ese importante punto de referencia, el cruce de acusaciones en voz alta no es muy edificante.

Hubiera sido más aconsejable un diálogo civilizado con el Gobierno para favorecer ese proceso inversor. También la Administración ha contribuido en los últimos años a crear ese nerviosismo en las empresas, al sembrar incertidumbre con un reguero de disposiciones que cambian cada poco tiempo la regulación del sector.

Con todo, las últimas decisiones del Ejecutivo pueden servir de base para reorganizar el sector de acuerdo con el sentido común. La nueva regulación del gas natural, aunque con mucho retraso sobre el calendario previsto, dota de una seguridad razonable a los agentes e inversores. También el plan de inversiones energéticas presentado por el Gobierno la semana pasada es una oportunidad para diseñar un marco estable, que garantice el suministro de energía al mínimo coste posible hasta el año 2010.

La discusión real del sector radica en la determinación de ese coste mínimo. Las eléctricas dicen que el Gobierno ha reducido tanto las tarifas de la luz que ya no compensa invertir ni producir energía. Mientras, aseguran, el gas sí tiene una elevada retribución.

La cuestión, por tanto, radica, más que en las diferencias de liberalización entre ambos mercados, en las tarifas reguladas. El gas es la referencia del coste de producción de electricidad, ya que va a ser el combustible de todas las nuevas centrales. Por tanto, las tarifas de la luz tienen que estar referenciadas a las variaciones de precios del gas.

Es en este punto donde el Gobierno debería equilibrar ambos sectores. Parece urgente el establecimiento de un método objetivo para fijar la tarifa de la luz, según los costes de la materia prima y los financieros, igual que se ha hecho con el gas natural.

Otro asunto distinto, y de peor tratamiento, es el grado de competencia que existe en los mercados del gas y la electricidad. La realidad es que, pese a los esfuerzos liberalizadores, en ambos existen claras deficiencias. Los clientes no tienen verdadera capacidad de elección de suministrador, por la escasa diferencia en las ofertas de las empresas.

Al mismo tiempo que el Gobierno crea un marco más transparente para las tarifas reguladas, habría que impulsar medidas para que exista un verdadero mercado de precios competitivos. Especialmente, sería necesario promover la neutralidad de los propietarios de las redes, para que puedan ser utilizadas por todos los operadores.

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