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A VUELTAS CON EL PETRÓLEO
Resumen de Prensa Enervía, martes, 25 mayo 2004
FUENTE:
Por Enrique Badía en Estrella Digital
Las actuales discrepancias en el seno de la Organización de Países Productores y Exportadores de Petróleo (OPEP) son, de momento, difíciles de valorar. Algunos socios, con Arabia Saudí a la cabeza, son partidarios de ampliar sus cuotas de producción para tratar de frenar la escalada de los precios. Otros, al parecer con especial protagonismo de Venezuela, sostienen lo contrario, dado que atribuyen el encarecimiento del barril en los mercados a factores diferentes, entre los que señalan la especulación, siempre difícil de diagnosticar. El caso es que el curso y el desenlace final de sus debates tienen en vilo a la mayor parte de las economías, y no sólo a las más prósperas, como a menudo se suele estimar.
Se ha repetido ya bastantes veces en las últimas semanas que situar la cotización del petróleo en rangos superiores a los 30-35 dólares de forma sostenida en los próximos meses constituye una seria amenaza para las incipientes expectativas de recuperación de la economía mundial. Lógicamente, la amenaza es proporcional al grado de dependencia energética que cada país ostente, pero anteriores experiencias constatan que el impacto acaba siendo global, directa o indirectamente, antes o después. Tanto, que ni siquiera escapan a los efectos los propios países productores, como se encargó de demostrar lo acontecido tras las sucesivas crisis de 1973 y 1979. Y no es que haya que establecer rotundos paralelismos: las circunstancias son diferentes, tanto en lo referido a la intensidad de la subida de los precios energéticos, como en todo lo demás.
Lo que sí resulta llamativo es que, a pesar de la experiencia, tanto en un sentido como en otro, productores y consumidores sigan sin ser capaces de hallar puntos de encuentro para dotar a los mercados de una cierta estabilidad. Es, a todas luces, un fracaso en términos de cooperación, demostrado como está que a la larga nadie sale beneficiado, más bien todo lo contrario, de una brusca alteración de los precios del petróleo: ni hacia arriba ni hacia abajo, que de todo ha habido en los últimos cinco lustros transcurridos desde que todo esto comenzó.
También es verdad que la mayor parte de las economías, incluidas las más industrializadas, no han hecho de forma aceptable sus deberes con vistas a disponer de un modelo energético basado en la tantas veces aconsejada diversificación de fuentes y en una mayor racionalidad en los consumos, donde nadie duda que resta mucho camino de eficiencia por recorrer. Puede que sobre ello graviten intereses contrapuestos de toda índole, pero también es posible que pesen la pereza propia de enfrentarse a hipótesis no aseguradas o la comodidad de no hacer frente a dogmas poco sometidos al contraste de la realidad. Quizás haya faltado, por ejemplo, un poco más de valentía para poner sobre la mesa, sometiendo al correspondiente debate, qué alternativas y/o complementos al petróleo son capaces de cubrir las necesidades energéticas, y cuáles, por atractivas que parezcan, no.
No es, aunque a menudo lo parezca, algo que interese sobre todo a las economías más desarrolladas. Es cierto que sus formas de vida y sus sistemas de producción pueden parecer más amenazados, pero también es verdad que el grado de resistencia y la capacidad de absorción es mayor en esas economías que en aquellas otras que se encuentran en fase de despegue y por tanto, siquiera teóricamente, deberían ser objeto de cierta solidaridad. De alguna manera, frenar el potencial de crecimiento supone, en unos casos, pérdida de confort, mientras que en otros puede llegar a comprometer la supervivencia digna de partes importantes de la población.
La realidad es que, cara a poner un cierto orden en el ámbito energético mundial, se ha hablado mucho y se ha hecho bastante menos, con alguna que otra excepción. Da la sensación de que ha imperado más el corto plazo que otra cosa... ¿o no?
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