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Bolivia y las malas compañías
Resumen de Prensa InterMoney Energía, miércoles, 24 mayo 2006
FUENTE:
Por Juan Arlanzón en Expansión
No, no son las compañías internacionales, petroleras, financieras o de servicios, presentes en aquel país andino, aunque el durísimo comportamiento de su actual Gobierno, con ellas, pareciera identificarlas como malas para Bolivia. Casi como sus enemigas. Me refiero al efecto de las influencias ideológicas y políticas de otros países en la estrategia del presidente Evo Morales y su gabinete. Es cierto que, al presentarse como candidato a las últimas elecciones presidenciales, manifestó que uno de sus objetivos prioritarios era nacionalizar los recursos naturales y económicos del país. Hubo quienes le creyeron (véase Banco Santander, que se apresuró a liquidar ventajosamente sus activos), y quienes confiaron en que el pragmatismo imperaría finalmente. Ya había sucedido en Brasil, para bien del país y de las compañías internacionales inversoras, pues el mensaje populista del entonces candidato Lula da Silva se atemperó al ejercer la presidencia, pese a la doctrina bolivariana y nacionalista que Hugo Chávez pretende extender a toda Hispanoamérica. También la influencia directa de Chávez, más la sombra alargada de Fidel Castro, pueden inducir condicionamientos distintos en Lula y en Morales. El ministro venezolano de Asuntos Exteriores ha dicho que "es una grosería presentar a (Evo) Morales como un monigote de Hugo Chávez". Su opinión es más que respetable, pero también las dudas sobre si le ha traicionado su subconsciente, al decirlo. La decisión más controvertida, por ahora, del presidente Evo Morales ha sido el ya famoso decreto 28701, nacionalizando "los recursos naturales hidrocarburíferos" (sic) del país andino, al día siguiente de su reunión en La Habana con sus ¿conmilitones? Castro y Chávez. Teniendo en cuenta que los tres presidentes se enorgullecen de su comunión ideológica, cabe la duda razonable de que, como mínimo, y admitiendo que el presidente venezolano no fuese el instigador, probablemente conocía y apoyaba la decisión de su homólogo boliviano.
Nacionalización salvaje Es indiscutible que Bolivia tiene el derecho de nacionalizar sus recursos naturales. Éstos están allí, en un país soberano, y para ser administrados por un Gobierno elegido democrática y abrumadoramente por sus ciudadanos. No hay ninguna duda sobre ello. Pero tampoco sobre la necesidad de un régimen jurídico y fiscal, estable y garantizado, que trascendiera a los gobiernos que pudieren dirigir el país en cada momento. Es la única garantía para que las empresas internacionales aporten a Bolivia sus medios humanos, tecnológicos y financieros, y asuman sus riesgos técnicos y económicos, para beneficio de los inversores y del país, incluyendo a todos los ciudadanos bolivianos. La nacionalización salvaje es un mal comienzo. Un gran error de la Administración boliviana ha sido creer, probablemente influida por las malas compañías, que podía (¿ o debía?) modificar arbitrariamente las anteriores reglas del juego. Bolivia tiene unas importantes reservas de gas, por las que las petroleras internacionales (con su indispensable tecnología y capacidad financiera) y los países vecinos (principalmente Brasil, mucho menos Argentina, y también Chile, pese a las heridas históricas aún sin cicatrizar) mostraban un indudable interés. El ejemplo venezolano puede ser un espejismo que haya obnubilado al Gobierno de Evo Morales. Venezuela es el quinto país productor de petróleo, y se está permitiendo modificar salvajemente las anteriores condiciones contractuales con las petroleras internacionales. Algunas aún aguantan el envite porque, a los actuales precios del crudo, aún quedaría margen para obtener algún beneficio y, siendo realistas, es difícil encontrar buenas alternativas en el mundo. Otras arrastran los pies, o se han ido, dando un portazo al salir, pero quizás las sustituyan compañías como las nacionales asiáticas, chinas, coreanas, indias..., e incluso pequeñas independientes que, aunque juegan en la liga tecnológica en una categoría muy inferior, revolotean por todo el mundo. Tienen recursos económicos, más una baja aversión al riesgo. Pero el gran error del Gobierno de Evo Morales, indudablemente influido por su ministro de Hidrocarburos, Andrés Soliz, es creer que el gas es similar al petróleo. Son materias primas indispensables para cubrir las necesidades energéticas del mundo, pero el crudo es una commodity absoluta, que puede venderse en cualquier lugar y momento. No así el gas natural, mucho más condicionado tecnológica, logística y comercialmente. Yendo al petróleo, vemos que Estados Unidos es el mayor y mejor cliente de Venezuela. Pese a ser Hugo Chávez y George Bush enemigos ideológicamente irreconciliables, ese comercio es su mejor alternativa económica para ambos países, actualmente. Pero podrían tener otras opciones, más caras aunque posiblemente viables a medio y largo plazo. Estados Unidos contempla con interés creciente el crudo alternativo de África Occidental ¿y de Libia, también, ahora que Gadafi ya es un good boy? Y Chávez quiere desarrollar nuevos mercados en China e India, que sustituyan a su tradicional cliente norteamericano. Venezuela tiene aún mucho peso en el mercado petrolero, al producir 2,6 millones de barriles diarios, que a duras penas consigue sostener, por la falta de incentivo para inversiones adicionales sustanciales, más las limitaciones de PDVSA, su compañía nacional. Curiosamente, el presidente Evo Morales dijo recientemente que le gustaría que su país fuera miembro de la OPEP. Me temo que, produciendo poco más de 40.000 barriles diarios, menos de dos milésimas partes de la cuota del cártel petrolero para este año, su opinión y capacidad de actuación serían completamente irrelevantes. Aun cuando tuviese de patrocinador al amigo Chávez.
Reservas En cuanto al gas, o Bolivia sigue exportándolo a Brasil, fundamentalmente... o le pueden durar sus reservas muchos siglos, para alegría de la Pachamama (la eterna Madre Tierra) y desgracia de sus ciudadanos, que no se beneficiarán de ese recurso. Sin otra posibilidad concreta de comercialización, no tiene alternativas. No puede exportarlo transformado en GNL porque no tiene plantas de licuación, sin capacidad tecnológica ni financiera para construirlas. Tampoco dispone de puertos donde situarlas, pues sus relaciones con Chile, el vecino más adecuado, no son aún propicias. Por cierto, la presidenta chilena acaba de inaugurar en Quintero, al norte de Santiago, la construcción de una planta regasificadora de GNL, con British Gas, presente en Bolivia aunque muy probablemente traerá el gas de Indonesia. Desde que Morales anunció la nacionalización de los activos de Petrobrás -¡su principal cliente y necesario operador!-, esta empresa está buscando alternativas a la, hasta ahora, segura fuente boliviana. La gerencia de la compañía nacional brasileña, y el propio Lula da Silva, han anunciado planes inmediatos de choque para poder reemplazar al gas importado, contemplando incluso sustituido en las plantas termoeléctricas por etanol nacional (procedente de la caña de azúcar). También ha anunciado la construcción de regasificadoras, que procesarían GNL nigeriano, qatarí o trinitario. Otro riesgo adicional para Bolivia es que Brasil, desde abril, es auto suficiente en petróleo, siendo su objetivo inmediato serlo también en gas natural, acelerando el desarrollo de sus actuales yacimientos y recursos potenciales. Podría intentar reemplazar con producción propia las importaciones de gas boliviano, en dos años. Si Bolivia insiste en su estrategia nacionalista, populista y bolivariana, se enfrentará a graves problemas. Además; como ya se anticipó en diciembre, en estas páginas, y a diferencia de lo que sucede con el petróleo, hay exceso de oferta de gas en el mercado mundial, con el precio de referencia en Estados Unidos, el mayor consumidor, en su mínimo desde hace quince meses. Y se prevé que continúe, como mínimo, a medio plazo. Otra mala noticia para Evo Morales. Como dicen en mi tierra, también aplicable a Bolivia, una cosa es predicar, y otra dar trigo.
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