GEORGE W. BUSH, EN APUROS: LA PESADILLA
DE ENRON
OPINIÓN
ESTRELLA ECONÓMICA
24
Enero de 2002
Hace pocos
días que se cumplió un año desde que George W. Bush accedió a la Casa Blanca,
en medio de toda clase de conjeturas sobre sus capacidades presidenciales, y
con un entorno de escepticismo bastante marcado. Porque tan insigne personaje
llegó al cargo político más importante del mundo tras unas elecciones en las
que la fase final del escrutinio constituyó una lucha hercúlea entre abogados
electoreros. Con el manejo de toda clase de artimañas en el Estado de Florida,
del cual era y es gobernador el hermano del actual presidente, que no dudó en
apoyar la candidatura fraternal con toda clase de manejos.
A los poco más de doce meses de esos episodios, Bush II se encuentra en el cenit
de su popularidad, por la respuesta en Afganistán al ataque terrorista a las
Torres Gemelas. Ese hecho inaudito -la realidad superó cualquier clase de ficción-
elevó el crédito popular del presidente a niveles del 80 por 100; que ni siquiera
consiguió el ya legendario John F. en sus mejores tiempos, cuando con Jacqueline
reinaba en Camelot y los gringos vivían la falsa pero elegante historia de los
Kennedy en el poder.
Sin embargo, los vientos cambian en política como en los mares surcados por
las tormentas, y no es difícil prever que Bush, en sus próximas singladuras,
va a tener que atravesar aguas muy procelosas. Y no sólo porque después de tanto
esfuerzo, tantas vidas humanas y tanta destrucción no han encontrado ni a Ben
Laden, ni siquiera al malparado mulá Omar; habiéndose escabullido ambos de forma
hasta ahora increíblemente desconocida.
Tampoco es el trato que está dándose a los prisioneros talibanes en la base
cubana de Guantánamo -¿qué le habrán dado a Fidel Castro, que no dice ni pío?-
lo que le va a quitar el sueño al inquilino que todas las mañanas desciende
de sus habitaciones particulares al célebre Despacho Oval, que en tiempos de
su predecesor llegó a denominarse, por razones bien conocidas, despacho oral.
Quiero decir que para el público que responde a los sondeos de popularidad en
EEUU no tiene mayor importancia que unas centenas de prisioneros afganos estén
privados de los sentidos de la vista, el oído, el olfato y el tacto por toda
clase de mecanismos que no se aplicaban seguramente desde los peores tiempos
medievales. Quedándoles solamente, según parece, el sentido del gusto, seguro
que para mortificarles más de lo que se merece cualquier ser humano con unos
cuantos bocadillos diarios de mantequilla de cacahuete. Calderón, como en La
vida es sueño, se preguntaría en tales circunstancias si todavía pervive entre
esos prisioneros algo de libre albedrío.
Lo que verdaderamente debe asaltarle en sus sueños al presidente Bush, y lo
que tal vez le produjera el trauma de la célebre galleta -lance que está siendo
explotado a fondo, con gran capacidad irónica, por los muñecos del guiñol del
Canal+- con la que se atragantó cuando contemplaba en televisión, él solito,
un partido de fútbol americano, para magullarse después las sienes de manera
patética, es el tema Enron. En otras palabras, lo que pueda pasarle si prosperan
las investigaciones aclarando qué ha pasado realmente en la que hace sólo diez
meses se consideraba la empresa más genialmente organizada para el trading de
energía eléctrica en los mercados de medio mundo.
Ciertamente, cualquier empresa puede quebrar -como ya le ha sucedido a Enron
con la cifra más alta de pasivo de la historia- si no está bien organizada y
si sus directivos se pasan de la raya en manifestaciones desbordadas de ambición
sin suficiente estudio previo de los hechos. Pero el caso de Enron es distinto,
porque como a veces sucede, casi siempre en menor escala, la referida quiebra
ha destapado toda una serie de hechos a cual más pernicioso en relación con
el mundo político de la primera potencia mundial.
Resulta que la célebre distribuidora de electricidad financiaba las campañas
electorales de un gran número de políticos del Partido Demócrata y sobre todo
del Republicano; con cifras que a poco que se investigue seguro que van a resultar
mucho mayores de las que ya han revelado los medios de comunicación. A lo cual
se unen los numerosos encuentros de los responsables de Enron con los principales
gerifaltes de Washington D.C., empezando por el propio presidente Bush y su
vicepresidente, que según parece está todavía más involucrado en las miserias
del caso.
Y lo que ha constituido la guinda del asunto es que la mayor empresa de auditoría
del mundo, Arthur Andersen (¡qué contentos deben de estar los de Accenture,
por haberse separado de su hermano siamés hace bien poco tiempo!), que no solamente
no auditó bien las cuentas, cosa que sucede cada vez con más frecuencia, sino
que además resulta que destruyó documentos importantes y comprometedores cuando
la omnipotente Stock Exchange Commission (la SEC para los connaisseurs) ya le
había enviado un exhorto anunciándole que procedería a investigar el caso, ordenando
no tocar ni un solo documento.
De aquellos polvos vienen estos lodos, dice el implacable refrán castellano
de resonancias bíblicas. Y digo esto porque el máximo investigador político
del caso va a ser el senador Lieberman. ¿Se acuerdan Vds.?: el célebre candidato
a la vicepresidencia de EEUU con Al Gore como primero del ticket electoral que
se enfrentó a Bush y a Cheney en la campaña electoral que terminó el 7 de noviembre
del 2000. Y ya sabemos cómo se las gasta este parlamentario de vista afilada,
palabra incisiva y que, no haría falta decirlo, le tiene unas ganas horrendas
a Bush, porque en el trance electoral del 2000 fue el que realmente quiso llegar
hasta el final en los célebres recuentos.
La cosa es grave, muy grave y si los investigadores se emplean a fondo, no digo
que no vaya a quedar títere con cabeza, pero sí que la figura de Bush saldrá
altamente deslucida. Por no hablar de Arthur Andersen, la célebre auditora de
auditores, sobre cuya supervivencia muchos empiezan a dudar. Que Dios les coja
confesados.
http://www.estrellaeconomica.com/020124/economia/opinion_tamames.htm