ENRON Y ARTHUR ANDERSEN
ARTÍCULO
OPINIÓN ESTRELLA ECONÓMICA
23 Enero de 2002
Por J.F. Martín Seco
Pero si el 11-S ha hecho tambalearse las seguridades políticas, la quiebra
de Enron ha hecho desaparecer las económicas. En pocos días hemos visto derrumbarse
un gigante económico, arrastrando tras de sí los ahorros y futuras pensiones
de miles de americanos. Cada día aparecen nuevas complicidades y son muchas
las personalidades e instituciones cuyas vergüenzas han quedado al descubierto.
En primer lugar, los gobernantes y políticos hipotecados desde siempre a los
intereses de las grandes compañías que financian sus campañas. Y en segundo
lugar, pero no en el último, el sistema de auditorías, apareciendo la mierda
que lo atesta.
Muchos serán los que se hayan quedado pasmados, pareciéndoles imposible que
uno de los mayores colosos del sistema capitalista, de la noche a la mañana,
se haya venido abajo; y, no obstante, si poseyésemos mayor perspectiva histórica
sabríamos que fenómenos similares han ocurrido más a menudo de lo que pensamos.
El sistema capitalista de hoy se encuentra con las mismas contradicciones
que el de ayer y retorna a situaciones que consideramos ya superadas. Muchas
de las afirmaciones de Marx que se juzgaban erróneas vuelven a tener sentido.
La libertad absoluta, tal como postula el libre cambio, aplicada a los mercados,
convierte a éstos en ingobernables, anárquicos, irracionales y paradójicos,
por lo menos a corto plazo. La acumulación capitalista mediante un proceso
de fusiones y absorciones origina que un gran número de sectores productivos
se configuren como monopolios u oligopolios de hecho, al quedar en manos de
muy pocas empresas, grandes mastodontes en los que la gestión está divorciada
de la propiedad.
En estos gigantes empresariales, los administradores, en el mejor de los casos,
son dueños tan sólo de una parte insignificante del capital, pero ello no
es óbice para que acumulen un inmenso poder, muy superior desde luego al que
le podía corresponder por su propiedad. Deciden, en realidad, en nombre de
un número enorme de terceros: accionistas, depositantes, empleados, acreedores,
que tan sólo pueden adoptar una postura pasiva, carecen de la información
precisa y de toda capacidad para controlar la marcha de la empresa y, por
lo tanto, la de sus intereses.
Este estado de cosas entra en contradicción hasta con los principios del sistema
capitalista, por ello desde mucho tiempo atrás se han intentado buscar soluciones.
Tras la gran depresión, EEUU ha ido introduciendo el sistema de auditorías,
y de ahí, poco a poco, se ha exportado a otros muchos países, en concreto
en época muy reciente a España. La finalidad resulta clara. Se pretende que
un profesional independiente actúe de notario y certifique acerca de la veracidad
de las cuentas y, por lo tanto, si los estados financieros son reflejo fiel
de la realidad. Al menos con ello todos los interesados en la marcha de la
empresa tendrán información adecuada.
El problema y lo realmente difícil surge con el término —y sobre todo con
la realidad— “profesionales independientes”. Desde el momento en que los auditores
perciben las remuneraciones por su servicio, de la empresa auditada, y que
ésta, además, puede escoger entre una u otra firma, se crea una situación
de subordinación y dependencia, tanto más cuanto que en muchos casos, como
ha ocurrido con Arthur Andersen en Enron, se contrata, amén de los servicios
de auditoría, los de consultoría y asesoría.
Pero el comportamiento de Arthur Andersen en Enron no constituye un caso aislado.
Sin ir más lejos, en nuestro país en todas las ocasiones en que ha surgido
un escándalo financiero: Banesto, PSV, Gescartera, etcétera, la auditoría
no ha dado la voz de alarma. La agravante radica en que aquí, lejos de disponernos
a modificar el sistema, adoptando mecanismos para controlar a los auditores,
exigirles responsabilidades y evitar que vuelvan a darse situaciones como
las comentadas, se camina en dirección opuesta. Hace ya algunos años, el Parlamento
dejó sin vigencia la obligación establecida prudentemente por Ley de que ninguna
empresa podía contratar a la misma firma auditora más de nueve años seguidos,
y ahora llegan noticias de que se quiere implantar la autorregulación, o lo
que es lo mismo, que sean los propios auditores los que juzguen y pidan responsabilidad
a los auditores.
Y digo yo, puestas así las cosas, ¿por qué no suprimimos la obligación de
auditarse?, al menos las empresas tendrían menores costes y no engañaríamos
a nadie.
http://www.estrellaeconomica.com/020123/economia/opinion_martinseco.htm