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APAGÓN EN EL IMPERIO
Resumen de Prensa Enervía, viernes, 22 agosto 2003
FUENTE:
Por Manuel Santos en Expansión
La semana pasada, 50 millones de norteamericanos y canadienses se quedaron sin luz durante toda la tarde y noche del jueves, y la normalidad tardó bastante más en restablecerse después del apagón. El miedo inicial, las molestias y las pérdidas económicas para quienes lo sufrieron son tan grandes como la sorpresa para quienes lo contemplamos en las noticias: ¿cómo es posible que la nación que produce la tecnología más moderna en la guerra o en la carrera espacial, quede colapsada por un simple fallo en su red eléctrica?
Las razones para el optimismo que aparecieron en los discursos iniciales tienen poco que ver con la tecnología y mucho con la cohesión social. El alivio al comprobar que no se trataba de un acto terrorista es comprensible, pero la vulnerabilidad que muestra el apagón hace recordar a los mensajes de Bin Laden, que fanfarroneaba con que los americanos no volverían a disfrutar de la sensación de seguridad. Dudo que después de este apagón nadie pueda sentirse más seguro, auque no haya habido mano terrorista.
El segundo alivio, la ausencia de saqueos, pillaje y disturbios callejeros, tiene que ver con la dislocada sociedad americana que tenía en Nueva York uno de sus ejemplos extremos. El anterior gran apagón, en el verano de 1977, desencadenó una noche de caos y pillaje, en la que ciudadanos normales se unieron a marginados y delincuentes en una explosión social para la cual el apagón solo pudo ser la chispa, más que la causa. (Estos apagones en la ciudad de los rascacielos y de los barrios pobres parecen ya un clásico en la historia; vea la página web http://blackout.gmu.edu). Esta vez, en lugar de saqueos y e incendios, los neoyorkinos tuvieron buen humor y se dedicaron a hablar con el vecino, con quien no hablan en un día normal. En parte hay que atribuirlo a que la luz se fue a media tarde, dejando todavía unas horas con luz solar de relativa normalidad; y a la presencia policial que pronto se dejó ver por todas partes. Pero la principal razón para el optimismo en este sentido es que desde 1977 la ciudad de Nueva York ha cambiado bastante para bien, con menos delincuencia y, al parecer, menos situaciones sociales explosivas. Y la experiencia del 11 de Septiembre ha insuflado a los neoyorquinos un sentido de la vida en comunidad de cuya ausencia antes casi presumían.
Alejados los fantasmas del terrorismo y de la explosión callejera, está claro que algo tiene que funcionar mal para que se produzca el apagón, y la desregulación del sector eléctrico es el candidato claro. Economistas como Paul Krugman atribuyen lo ocurrido a “la desregulación basada en la fe”. Desde que en 1996 en California se cambió del antiguo sistema de monopolio a uno nuevo con separación entre la generación y la distribución de energía, lo que pretendía ser un modelo para los demás estados ha pasado a ser un ejemplo de los fallos que hay que evitar. La investigación sobre las causas concretas de este apagón y sobre los puntos débiles de la red eléctrica norteamericana llevará tiempo; pero desde el principio hay acuerdo en que la desregulación deberá sentar pautas claras para las inversiones en la red eléctrica, que no han sido las que debieran en los últimos años. La desregulación es en realidad una regulación, distinta y mejor que el monopolio, pero regulación, que exige normas basadas en la experiencia y no sólo fe en el mercado como mecanismo de coordinación.
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