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El gasoducto bolivariano
Resumen de Prensa InterMoney Energía, viernes, 21 abril 2006
FUENTE:
Por Juan Arlanzón en Expansión
Es todo un récord. Nada menos que
el récord mundial de todos los proyectos de oleoductos o gasoductos, en ejecución
o aún en estudio, por su longitud. Este proyecto interamericano de Hugo Chávez,
bautizado como Gran Gasoducto del Sur, pretende llevar el gas de los yacimientos
venezolanos hasta Brasil, y Argentina, atravesando la selva amazónica. Con sus
ramales a Uruguay y Paraguay tendría una longitud de 9.750 kilómetros. Superaría
en más de un 70% al gasoducto más largo proyectado hasta ahora, que llevará el
gas desde los campos de Prudhoe Bay, en el norte de Alaska (ANS), hasta Chicago,
donde entroncaría con la red gasista estadounidense. Este proyecto ya ha sido
aprobado por el Estado de Alaska, en febrero pasado, con una longitud de 5.700
kilómetros y un coste de 20.000 millones de dólares, con puesta en marcha para
2012. Siendo un proyecto impresionante, queda empequeñecido al compararle con
el gasoducto boliviano de Hugo Chávez.
Los presidentes de los tres países
implicados han manifestado su acuerdo al mismo, sobre todo Brasil, con un apoyo
proactivo y totalmente desinteresado. Sólo con mencionar el posible (o imposible)
proyecto, preocupa a Bolivia, prácticamente su único suministrador, al que compra
unos 25 millones diarios de metros cúbicos, el 65% del gas que consume, transportado
por el gasoducto B2B, de 3.150 kilómetros. Brasil compra ahora el gas a 3.30 dólares/mBTU
(0.14 euros/m3), siendo la tarifa de transporte hasta el destino final de 1.70
dólares/mBTU. Un posible competidor venezolano al gas boliviano no es una noticia
tranquilizadora para Evo Morales, indudablemente. Máxime cuando quiere subir su
precio hasta los 5 dólares/mBTU (0.22 euros/m3), más en línea con los mercados
internacionales. Es uno de los grandes problemas económicos de Sudamérica, con
precios irreales, controlados por sus gobiernos, cuando no descaradamente subsidiados.
Basta mencionar que le precio del gas venezolano para sus térmicas y petroquímicas
es de 0.02 dólares/mBTU, no pagando ni su coste de extracción. Petrobrás estima
la tarifa de transporte a través del Gran Gasoducto, en unos 3.50 dólares/mBTU,
muy bajo, ya que la distancia hasta Sao Paulo o Río de Janeiro es más del doble
que la longitud del B2B. Incluso con ese optimismo, si Chávez no subsidiase también
el gas a exportar, improbable, tampoco podría competir en precios. Se ha llegado
a mencionar un precio del gas, en boca de pozo venezolano, de 1 dólar/mBTU. Debe
ser la influencia de las fluidas relaciones de su presidente con China, que le
ha podido inculcar lo de “Todo a un dólar”. En Sao Paulo, el precio actual city
gate está en 5 dólares/mBTU, para su uso industrial (70% del consumo). Y en Buenos
Aires está entre 1.80 y 2 dólares/mBTU, por la congelación tarifaria impuesta
por el Gobierno Kirchner. Los números no cuadran para hacer rentable el proyecto,
ni aun cuando los precios argentinos vuelvan a la normalidad. Bolivia mira con
recelo cualquier posible desplazamiento de su gas por un competidor venezolano,
de sus mercados tradicionales, Brasil y Argentina. Pero tampoco quiere indisponerse
con Chávez, valedor de Evo Morales ante la comunidad internacional. Y ello se
traduce en declaraciones y desmentidos. Su ministro de la Presidencia, J.R Quintana,
dijo, el 19 de marzo, que el proyecto era “poco probable”, calificándolo de “faraónico”
(perfecta definición, por cierto), añadiendo que parecía “el sueño de algún funcionario”.
Nueve días más tarde, Evo Morales tuvo que atemperar las opiniones de su ministro,
indicando que “Bolivia no está al margen (del gasoducto)”, y confirmando que en
este mes se reuniría en Asunción con Chávez y los presidentes de Uruguay y Paraguay,
para analizar temas energéticos regionales.
En marzo pasado se aprobó realizar
estudios de ingeniería de diseño e impacto medioambiental, por importe de 9.2
millones de dólares, a sufragar a partes iguales por Venezuela, Brasil y Argentina.
Pero simplemente analizando los datos actuales de diseño del gasoducto bolivariano,
no parece que sea viable económicamente. Transportaría a plena carga entre 140
y 200 millones de metros cúbicos diarios, cuando todo el consumo de Brasil y Argentina
es ahora de 40 y 128 millones, respectivamente. Pero, además, Argentina es prácticamente
autosuficiente, y Brasil no, pero tiene reservas de gas aún sin desarrollar.
Proyecto
alternativo
en cuanto a inversiones y plazos de ejecución, tampoco parece
un proyecto realista. La primera estimación de sus promotores fue que costaría
10.000 millones de dólares, necesitando cinco años. Después subieron hasta 18.000,
y ahora prevén que llegaría a los 25.000 millones, y siete años para finalizarlo.
Teniendo en cuenta su dificultad constructiva, al cruzar una gran parte de la
selva amazónica, hay estimaciones externas de que costaría unos 40.000 millones
de dólares, y exigiría más tiempo. Un proyecto alternativo de GNL puede finalizarse
en tres años, costando la planta de licuefacción unos 2.000 millones de dólares,
y por lo menos de 1.000 millones tendrían sendas plantas regasificadoras en Brasil
y Argentina. No hay competencia posible. Lo indicó el 27 de marzo el presidente
de British Gas en Brasil. Aunque no señaló que esos plazos aplican a la industria
gasista internacional, en general, pero quizás no tanto a Venezuela. Su único
proyecto realista de GNL, Mariscal Sucre (antes, Cristóbal Colón), lleva ya esperando
arrancar más de veinte años, desde que se iniciaron sus estudios de viabilidad.
Hugo Chávez dijo, sobre “su” gasoducto, que le permitiría vender el gas venezolano
durante doscientos años. Considerando la posible demanda de Brasil y Argentina,
más la competencia boliviana, y el tradicional retraso de los proyectos gasistas
en Venezuela, sus reservas pueden durarles mucho más de los dos siglos indicados,
si no cambian radicalmente las circunstancias.
La incidencia del gasoducto
en las comunidades indígenas probablemente afectadas, más el indudable impacto
medioambiental, sería también muy negativa. Construir un gasoducto de miles de
kilómetros cruzando la selva amazónica, creará dificultades, costes imprevisto
y retrasos incontrolables. Hay precedentes de obras similares, pero de mucho menor
porte, y son desalentadores. Una anécdota inquietante es también que, desde enero
pasado, la autopista Caracas-La Guaira, columna vertebral del transporte en el
país, y también el acceso aeropuerto internacional de la capital, está cortada.
El motivo fue la falta reiterada de su mantenimiento, que llevó al colapso a uno
de sus puentes. Hoy, aún no está abierta dicha autopista. Cuando se compara esta
dura realidad con la ilusión del futuro gasoducto boliviano, viene a cuento una
canción que estuvo de moda en 1968, y me recordó un antiguo colega: “Yo sabría
esperar porque el tiempo no me importa, si construyeran un puente desde Valencia
hasta Mallorca”. Bueno... o un gasoducto desde Caracas hasta Buenos Aires, pasando
por Río de Janeiro. www.expansion.com
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