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Irán y el problema de la energía
Resumen de Prensa InterMoney Energía, viernes, 20 enero 2006
FUENTE:
Por Manuel Muela en Cinco Días
La llegada de un nuevo presidente
más fundamentalista a la República Islámica de Irán empieza a producir sus efectos
tanto en la política interna del país, que había vivido la política templada del
anterior presidente Jatamí, como en la exterior, con la recuperación de un discurso
agresivo no sólo hacia Israel sino hacia Occidente en general.
Si a ello
se une la activación de su propio desarrollo atómico, nos encontramos ante un
problema que no por repetido deja de tener trascendencia, especialmente para Europa,
muy dependiente, desde el punto de vista energético, de todo el Oriente Próximo.
De ahí que tome fuerza un debate que parecía superado acerca de la necesidad de
la energía nuclear que, por el momento, es la única alternativa rápida y eficaz
frente a la hipótesis de las perturbaciones procedentes del mundo islámico.
La
gran crisis del petróleo de 1973 puso de manifiesto la vulnerabilidad de Europa
en materia energética. Las medidas adoptadas entonces y la explotación de los
yacimientos petrolíferos del mar del Norte, dependientes del Reino Unido y Noruega,
atenuaron el sentimiento de fragilidad y temor que se había desencadenado, pero
no significaron la eliminación de los problemas. No obstante, se trasladó a las
opiniones públicas la idea de que no estaba en el horizonte una amenaza seria
en los suministros de petróleo y, por tanto, se podía prescindir de la energía
nuclear, procurando el desenvolvimiento de otras energías alternativas.
Toda
Europa participó de esas tesis, incluida España que allá por los años ochenta
del pasado siglo paralizó su programa de creación de centrales nucleares. La excepción
la protagonizó Francia que mantuvo su autonomía e independencia en materia nuclear
sin renunciar a esa fuente de energía, cuya importancia estratégica se ha ido
acrecentando con el paso del tiempo. El país vecino se ha dedicado a producir
energía nuclear, sin que conste contratiempo alguno en los aspectos de seguridad
y contaminación. Gracias a eso, nuestros vecinos franceses están abasteciendo
de energía a quienes, como nosotros, tienen déficit estructurales u ocasionales
de electricidad.
Por otra parte, los últimos acontecimientos vividos por
la crisis del gas entre Rusia y Ucrania han excitado la inquietud en el seno de
la Unión Europea hasta el punto de que algunos países, como Alemania, empiezan
a desempolvar el debate sobre la energía nuclear, tan denostada y maltratada,
a veces con escaso fundamento, en otros tiempos. Y me refiero a un país, Alemania,
que en materia energética ha hecho grandes esfuerzos para desarrollar energías
alternativas, estimulando especialmente la energía solar. Los alemanes se sitúan
en el grupo de cabecera europeo en cuanto a consumo y producción de paneles solares,
muy por delante de España, a pesar de que contamos con una climatología excepcional.
Con
todo, resulta impensable que las energías alternativas, solar, eólica, etcétera,
puedan convertirse en un plazo medio en generadoras capaces para suplir una eventual
merma del abastecimiento petrolífero. No dejarán de ser complementarias de las
tradicionales, entre las que cabe incluir la nuclear.
Puede parecer extemporáneo
suscitar un debate, el de la energía nuclear, que para muchos está zanjado, pero
en la eterna discusión sobre el ser y el deber ser tenemos que caer en la cuenta
de que nuestras dependientes economías se encuentran ante dilemas de especial
gravedad, que se derivan de la falta de entendimiento, cada vez mayor, entre el
mundo islámico y Occidente y la aparición de regímenes políticos de corte radical
en países productores de petróleo. Son circunstancias inquietantes, que deberían
obligar a los gobernantes a prever y programar soluciones tangibles a las amenazas
constantes de países que se han constituido en adversarios permanentes de Occidente.
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