Apagones, un fallo estructural

Resumen de Prensa            InterMoney Energía, miércoles, 19 julio 2006

FUENTE: Editorial de ABC


CIENTOS de miles de madrileños se quedaron sin luz el domingo y padecieron un suministro muy defectuoso a partir de ese momento. El colapso en el suministro de un servicio público de esta naturaleza rompe la normalidad y produce severos trastornos en la vida de cualquier ciudadano. Sin electricidad quiebran las comunicaciones, la cadena de frío y conservación de los alimentos, el funcionamiento de máquinas y motores imprescindibles en la vida cotidiana, desde ascensores a electrodomésticos. Y se interrumpen los negocios, con serios perjuicios en las existencias y en la prestación de servicios.
Desencadenado el mal, salir de un apagón lleva tiempo y necesita un esfuerzo extraordinario; recuperar la normalidad en un sistema mallado y con protocolos de seguridad es complejo y costoso. Por eso la normalidad tardará aún varios días en llegar a todos los clientes de los barrios afectados, que empiezan a reclamar las correspondientes compensaciones por los trastornos causados. Ahora no son tan frecuentes como antaño los fallos generalizados de suministro eléctrico en las grandes ciudades españolas, son más bien una anomalía. Los apagones, cortes, picos de tensión, caídas o microcortes sistemáticos son historia pasada, aunque una sociedad moderna no puede permitírselos ni como hecho esporádico. Porque también es cierto que las averías son quizás más severas que antes. Por eso las garantías deben ser máximas y los fallos muy penalizados. El apagón de Madrid ha tenido como protagonistas simultáneos a las dos grandes compañías que suministran a los clientes de la capital de España: Iberdrola y Fenosa, lo cual revela que el problema trasciende a las empresas para situarse en el modelo, en el sistema de producción y distribución de electricidad, especialmente de distribución, que no es bueno, ni siquiera regular.
El origen del fallo de estos días radica en el sobrecalentamiento de la red fruto de condiciones ambientales y también del esfuerzo del sistema para atender una demanda récord durante los últimos días. No es nuevo el problema (en lo más riguroso del invierno también ocurre) ni la demanda ha supuesto una sorpresa. Desde hace años las compañías reiteran que la retribución de la distribución está por debajo de los costes razonables para mantener a punto la red. Pero los gobiernos sucumben a la tentación de mantener las tarifas controladas y bajas y para eso estrechan las posibilidades de inversión y mantenimiento inmediato aun a costa de incurrir en otros problemas menos inmediatos. A esa baja retribución de la distribución se une como factor adverso la dificultad para obtener licencias administrativas para el despliegue de redes de cualquier tensión. Y también el que las compañías priorizan inversiones ajenas a la mejora de las infraestruras. De manera que, con tantos sumandos, apagones como el del domingo serán cada vez más frecuentes y las responsabilidades -en distintos grados, naturalmente- son por tanto variadas. Eso sí, las víctimas siempre son los ciudadanos.


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