EL PENÚLTIMO APAGÓN

Resumen de Prensa            Enervía, lunes, 18 agosto 2003

FUENTE: Por Robert Kuttner en Estrella Digital


Cinco Estados afectados, más de cincuenta millones de personas en el peor apagón de la historia del país. A las cuarenta y ocho horas de su inicio (el jueves a las 16.10 hora del Este), quedan zonas en Detroit y Cleveland sin luz y fuerza y con la perspectiva de seguir así todo el fin de semana. Las molestias causadas a los sufridos y pacientes ciudadanos han sido de todo tipo especialmente por el transporte público pero no solo por eso. Ascensores, gasolineras, teléfonos, agua, televisión todo esto se ha visto afectado profundamente.

Otra vez más, la ciudad de Nueva York ejemplifica el caos. Tras los grandes apagones de 1965 y 1977 y tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, llega el tercer gran apagón, el peor de todos. Los neoyorkinos lo han aceptado y llevado con resignación, solidaridad e incluso buen humor y, a diferencia de lo ocurrido con los saqueos y disturbios del 77, con mínimos incidentes. Admirable pues las molestias e incomodidades han sido muchas y muy variadas. Una gran cantidad de quienes trabajan en la isla de Manhattan viven fuera sea en los otros cuatro barrios de la ciudad sea en Estados limítrofes . Utilizan mayoritariamente el tren o el metro por lo que muchos volvieron a su casa como pudieron y otros muchos permanecieron en Manhattan durmiendo, en muchos casos, a la intemperie.

Mas allá del variado anecdotario, ahora lo importante es definir las causas de lo ocurrido y buscar soluciones. Vale la pena mirar un poco hacia atrás.

Tras el primer gran apagón del 65 se creo un Consejo para la fiabilidad del sistema eléctrico de Norteamérica (NAERC) al objeto de evitar incidencias de este tipo. El consejo tiene un enorme lastre desde su creación: solo actúa mediante la persuasión y el convencimiento marcando directrices a las empresas eléctricas y sin facultades decisorias. El segundo gran apagón, el de 1977 que afecta sobre todo a la ciudad de Nueva York, vuelve a encender –valga la paradoja- las luces de alarma. En 2001 el consejo declara que “la cuestión no es si habrá un gran fallo en el sistema de transmisión sino cuando ocurrirá”. Ya ha ocurrido. A partir del final de los ochenta entra en escena el elemento, para muchos decisivo, en este proceso ( y en el ocurrido hace un par de años en California, donde la crisis energética en ese Estado ha sido clave en el actual proceso de recusación a su gobernador): la desregulación del sector, panacea –se decía- de todos los males. Esta desregulación, que además santifica la autorregulación por las propias empresas, modifica totalmente el panorama y coloca en el centro de la escena los elementos de fiabilidad del sistema y de los beneficios de las empresas, elementos que se han demostrado como contradictorios en este fenomenal apagón. Hasta el presidente Bush ha pedido modernizar el sistema. O para decirlo mas gráficamente y con las palabras del Secretario de Energía de la administración Clinton , “estamos ante un sistema de transmisión propio del tercer mundo”.Visto lo visto estos días en las calles de Nueva York, la afirmación no resulta exagerada. Es un sistema obsoleto y urgentemente necesitado de inversiones y de regulación coordinada entre las autoridades federales y las estatales.

Superar esto no es sencillo, todo lo contrario. Exige muchas y profundas rectificaciones, algunas de ellas doctrinarias. “Cuando el apagón nos golpeó el jueves, muchos pensaron enseguida que era un acto terrorista. Pero lo que nos ha golpeado puede ser igualmente peligroso. Somos cautivos de unas disparatadas ideas económicas que han causado que una gran parte del Noreste del país se vea sumido en la oscuridad sin que el enemigo haya movido un dedo.




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