La encrucijada energética

Resumen de Prensa            InterMoney Energía, martes, 18 abril 2006

FUENTE: Por Julián López Milla en Expansión


La constitución del Mercado Interior de la Energía es, probablemente, uno de los proyectos más ambiciosos que se ha planteado la Unión Europea (UE) desde su creación. Siendo la energía un factor de producción esencial, generalmente insustituible, en cualquier proceso productivo, y un bien imprescindible para que los consumidores puedan disfrutar de muchas de las comodidades que ofrece la sociedad actual, parece difícil hablar de un verdadero Mercado Único Europeo mientras no se haya completado ese proyecto. El hecho de que la Comisión Europea esté elaborando un Libro Verde para definir una “Estrategia europea para una energía sostenible, competitiva y segura”, o la importancia que se ha otorgado a la política energética en la última reunión de Jefes de Estado y de Gobierno de los veinticinco, constituyen dos buenas pruebas de ello.

Sin embargo, la puesta en marcha del Mercado Interior de la Energía se enfrenta a obstáculos de naturaleza muy diversa, entre los que, sin ánimo de ser exhaustivos, podemos citar los siguientes:

- La falta de unas redes de transporte de gas y electricidad que permitan la integración física del mercado, cuestión que resulta especialmente relevante en el caso de España, adonde no llegan las tuberías que canalizan, hasta las fronteras del Este de Francia y el Norte de Italia, el gas ruso que permite a la UE cubrir más del 60% de la diferencia entre sus necesidades y disponibilidades (por otra parte, muy concentradas en tres países: Noruega, Holanda y Reino Unido). La situación geográfica de España también dificulta la conexión de su sistema eléctrico (del que se suele decir que es una isla) con el del resto de países de la UE. Lógicamente, los Estados ubicados en el centro de Europa no tienen este problema, pues “ven pasar” las redes de transporte que interconectan (aunque sólo sea parcialmente) el conjunto de los mercados energéticos europeos.
- Las diferencias que existen entre los distintos países en la forma de satisfacer las necesidades energéticas de sus empresas y consumidores: el gas natural no tiene le mismo grado de penetración en todos ellos, el origen geográfico de sus abastecimientos de gas es muy diferente (en algunos, la producción autóctona es muy elevada, y entre aquellos que apenas disponen de gas, como España, no existe un patrón común en las importaciones), la composición del parque de generación por tecnologías también varía mucho... Estas diferencias son fruto de singularidades propias de cada país (ubicación geográfica, acceso a recursos naturales...) u obedecen a decisiones adoptadas en el pasado (por ejemplo, sobre el grado de utilización de la energía nuclear) que aún van a seguir influyendo en la configuración de los sistemas energéticos durante muchos años.
- El distinto impulso otorgado a las políticas de liberalización de los sectores energéticos: mientras algunos países han ido más rápido, y más allá, de lo establecido por las Directivas Comunitarias, otros se encuentran rezagados, e incluso se resisten a adoptar los cambios impuestos por las mismas. Así, se advierten notables diferencias entre los marcos normativos existentes en los distintos Estados y entre las formas en que organizan sus sectores energéticos: en unos, se ha limitado más la concentración horizontal que en otros, y lo mismo se puede decir en cuanto al grado de integración de los negocios de gas y electricidad. También existe un panorama muy variado en cuanto a presencia de l sector público en el accionariado de las empresas energéticas.

Diferencias de precios

Al carecer de un mercado energético verdaderamente integrado, se registran diferencias significativas entre los precios que se pagan en los distintos países, tanto a nivel mayorista como minorista. La reacción de algunos de los Estados miembros ante esta falta de integración ha sido agruparse para constituir mercados más reducidos, donde las diferencias que hemos expuesto anteriormente se presentan con menor intensidad. Es el caso de Dinamarca y los países nórdicos, que disponen de un mercado común desde hace años, o de Francia, Alemania y los países del Benelux, que han revelado recientemente su voluntad de seguir el mismo camino. El proyecto que comparte España y Portugal para crear el Mercado Ibérico de la Electricidad se enmarca en ese contexto, aunque, lamentablemente, su puesta en marcha se ha retrasado ya varias veces.

La OPA de E.ON sobre Endesa ha puesto de manifiesto que el merado de control corporativo no parece estar sujeto a restricciones tan importantes como las que afectan al mercado energético europeo. A algunos países, como el Reino Unido, no les ha importado esta asimetría y, simplemente, han permitido que una buena parte de su sector energético cayese en manos de empresas extranjeras. En otros países, el Estado ha procurado mantener una participación más o menos elevada, pero siempre relevante, en el capital de alguna de las principales compañías del sector: es el caso, por ejemplo, de Italia (donde la presencia pública en Enel supera el 30%), Alemania (donde el 31% de RWE, la primera compañía eléctrica del país, se encuentra en manos de las Administraciones Locales), Portugal (donde el sector público es el principal accionista de EDP y Galp), y Francia (donde el Estado controla EDF y GDF, y acaba de evitar que Suez sea adquirida por Enel).

Nadie puede negarle a Francia su compromiso con el proyecto europeo desde que éste empezó a gestarse, ni se puede criticar a las autoridades galas por su falta de ganas a la hora de continuar impulsándolo (recordemos que lo han hecho incluso en contra de la voluntad de la mayoría de los votantes, como quedó patente en el referéndum sobre la Constitución Europea). Sin embargo, al actual primer ministro francés no le preocupa afirmar que la presencia pública en EDF, la gran compañía eléctrica del país vecino, no se va a reducir por debajo del 85% (a pesar de que una ley le permite rebajarla hasta “sólo” el 70%), ni enfrentarse a las autoridades comunitarias para mantener los mercados energéticos menos liberalizados de la Unión Europea. Tampoco le produce ningún problema (más bien al contrario: los franceses no el habrían perdonado que no lo hiciera) impulsar la fusión de GDF y Suez para evitar que esta última compañía caiga en manos de la italiana Enel. El canciller Schröder impulsó decididamente la compra de Ruhrgas por E.ON, en contra del criterio de los órganos que defienden la competencia en Alemania, estableciendo, al mismo tiempo, que las autoridades germanas se reservaban el derecho de decidir acerca del destino de los activos gasistas de E.ON (que generan la mayor parte de su volumen de negocio) en caso de que esta sociedad cayera en manos de unos nuevos propietarios.

Mercados Liberalizados

En su día, las autoridades españolas vendieron casi todas sus participaciones en el sector energético (el Estado sólo mantienen participaciones relevantes en los operadores de los sistemas eléctrico y gasista, como ocurre en casi toda Europa), permitieron que EDP se hiciera con el control de Hidrocantábrico y Naturgas, y que Enel comprara una parte de los activos de Endesa para introducirse en España a través de Viesgo. Y, aunque nuestros mercados energéticos no son los más liberalizados del continente, sí que presentan un grado de apertura mayor que los de Francia, Italia y Alemania. Por tanto, debemos quitarnos de encima el complejo que nos lleva a pensar que tenemos que demostrar todos los días que somos más europeístas que nadie. Ya hemos dado muestra de nuestro compromiso con el proyecto europeo en bastantes ocasiones (por ejemplo, el pasado 20 de febrero de 2005), y tenemos tanto derecho como los demás a preocuparnos por nuestros intereses que, como nos demuestran otros Estados miembros, no siempre tienen por qué coincidir con los del resto de la Unión Europea, sobre todo cuando se invoca un mercado integrado que no existe.




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