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El cambio climático en Montreal
Resumen de Prensa Enervía, jueves, 15 diciembre 2005
FUENTE:
Por Ramón Tamames en Estrella Digital
Las escenas de los glaciares de cualquier lugar del mundo, incluidos los de la Patagonia argentina y chilena, desplomándose en grandes témpanos formados a lo largo de decenas de miles de años; los nuevos y caudalosos ríos de Groenlandia, donde la espesura del hielo está disminuyendo a ojos vista; la posibilidad de que pronto pueda haber una vía marítima franca al norte de Siberia abierta todo el año, que continuaría, en no poco tiempo, por el Canadá septentrional; las nieves perpetuas del Kilimanjaro, que habrán desaparecido definitivamente para el 2020; la desertificación de la China boreal, la deforestación de la Amazonia con sus sequías ya implacables, la pérdida de biodiversidad en la cuenca del río Congo y en toda la antigua Insulindia, todos esos casos, por no citar sino algunos de los principales, son síntomas más que visibles del cambio climático que está ante nosotros.
Lo cual no es una mera cuestión de lucubraciones científicas, sino algo que está cambiando la vida de muchos millones de personas, al ser, presumiblemente, el origen de fenómenos tan terribles como los trece huracanes habidos este año en el Caribe y en el golfo de México, los también numerosos tifones en la orilla asiática del Pacífico, e incluso de la tormenta tropical que desde aquel área llegó a las islas Canarias hace menos de un mes. Sin olvidarnos de las fuertes inundaciones en Europa central, y las sequías extremas en los países ribereños del Mediterráneo.
Ciertamente, los cambios climáticos han sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad. Algunos de ellos, de formidables proporciones, como se refleja en los diagramas de los últimos 500.000 años, con las cuatro glaciaciones y otros tantos periodos interglaciares; que fueron marcando el proceso darwinista que permitió al hombre convertirse en la especie dominante. Y a la postre, en la única verdaderamente depredadora, con posibilidades de cambiar los grandes ecosistemas, e incluso los equilibrios generales de la biosfera, entre ellos el propio clima.
Pero una cosa son los cambios a largo plazo como los diagramáticamente referidos, y otra muy distinta resultan las aceleraciones que estamos viviendo, en aspectos como el calentamiento global y las demás cuestiones antes mencionadas. Hechos que por su contundencia han sido el origen de trece conferencias del Convenio Marco del Cambio Climático (1992), y de la primera reunión plenaria de todos los firmantes del Protocolo de Kioto (suscrito en 1997), que en paralelo, y con una buena ósmosis funcional entrambas, se celebraron en Montreal en las últimas semanas. Y tras su terminación, la pregunta que debemos hacernos es si realmente ese encuentro por duplicado ha sido realmente el gran éxito que oficialmente se ha suscitado.
En mi opinión, la respuesta debe ser positiva. Se ha avanzado mucho, y más que en acuerdos superconcretos —que tantos esfuerzos costó llevar a cabo respecto del Protocolo de Kioto entre los años 1997 y 2005—, el progreso conseguido se manifiesta, sobre todo, en que estamos vislumbrando ya una “nueva conciencia universal”. Pues a pesar de lo que puedan decir algunos científicos, y entre ellos ese enfant terrible que es el joven danés Bjorn Lomborg, de que con Protocolo o sin él todo va a seguir por el estilo, debemos mantener enhiesta la bandera de Kioto. Como el punto de arranque para un efectivo gobierno de la biosfera.
Y en esa dirección, los pasos dados en Montreal son bien significativos: nuevas negociaciones para después del 2012, reforzamiento de los mecanismos de desarrollo limpio para compensar emisiones, plan de adaptación en pos de un modelo de desarrollo sostenible, sanciones por incumplimientos del Protocolo, talleres de aprendizaje para todo tipo de industrias y tecnologías eficientes y limpias, registro mundial de las tecnologías verdes, etc. Un repertorio, pues, con el que se inicia una nueva etapa, en la cual los EEUU, reacios todavía a suscribir Kioto, se han comprometido a trabajar con el resto del planeta contra el deterioro del clima.
Sintetizando, y lo tengo dicho más de una vez, hemos entrado en la lógica de poner término a la denominada “tragedia de los bienes comunes”. Es decir, la de aquellos que, al no ser específicamente propiedad de personas o entidades específicas, son objeto de derroche por todos los que los utilizan o consumen. Es lo que fue sucediendo hasta ahora con la atmósfera, que compartíamos indiscriminadamente, ya fuera para respirarla, envenenarla con cualquier clase de contaminaciones o inyectando en ella CO2 y otros componentes nocivos.
Ahora ya vamos contando con una primera “contabilidad internacional del uso de la atmósfera”. Primero se hizo, con carácter local, a partir de las “leyes de aire limpio”, que van generalizándose en todos los países del mundo, para evitar el smog y otras inconveniencias, mejorando así la calidad del aire que respiramos. Y después, vino el gran paso de gigante del Protocolo, para frenar la acumulación de CO2 en la atmósfera superior; e impedir que el efecto invernadero vaya a más con sus perniciosas consecuencias del calentamiento global.
Ése es el gran mensaje de Montreal-2005, una ciudad en la que ya se alcanzó todo un hito espléndido con el anterior convenio sobre cloro-flúor-carbonos (CFCs), elementos que al ponerse en la atmósfera amenazaban implacablemente la capa de ozono, que nos sirve de protección a los terrícolas de las radiaciones ultravioletas del sol. Un acuerdo que ha resultado ser altamente fructífero. De ese modo, Montreal, que además alberga la sede del Tratado de Biodiversidad, es todo un símbolo de lo que podría ser el futuro del ya mentado gobierno de la biosfera.
Y para terminar, un recuerdo de mi placentera visita a la gran capital, no política, pero sí económica y financiera, de Québec, en el 2002. Cuando junto con otros amigos —y entre ellos el inolvidable Sebastián Auger, que nos dejó un año después— visitamos toda la parte occidental del gran Canadá. Un país que siempre sintió la preocupación por el clima, como lo demuestra el hecho de que en Montreal haya toda una ciudad subterránea en la que muchos de los habitantes se refugian en invierno para sus paseos, negocios, compras, ocio, etc.
Ojalá que los acuerdos logrados en tan hermoso espacio físico, en el que se desarrollaron los Juegos Olímpicos de 1976, no sean un final de trayecto, sino una continuación hacia metas aún más alentadoras.
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